Biografía


Nace Lucio Gil de Fagoaga en un momento clave de la historia de España. El modelo político de la restauración borbónica se encuentra agotado casi desde su implantación y sólo faltan dos años para que se liquide aquel imperio en cuyas tierras jamás se ponía el sol. Pero, además, nos encontramos en una época particularmente significativa para Valencia. El llamado «viraje proteccionista» que Cánovas había dado en 1892 no era precisamente favorable para el desarrollo de un país que, como el valenciano, tenía su vocación proyectada hacia el exterior.

David M. Rivas del libro "La Filosofía Truncada: ensayo sobre la obra filosófica y psicológica de Lucio Gil de Fagoaga".

Biografía David M Rivas


Lucio Gil de Fagoaga nació un 6 de septiembre de 1896 en Requena, en el seno de una familia de propietarios agrícolas dedicad os a la explotación de viñedos que en generaciones anteriores había acumulado sus riquezas gracias a la industria de la seda.

Cursó sus primeros estudios en la escuela pública de su ciudad natal y posteriormente se tituló de bachiller en el Instituto de Segunda Enseñanza de Valencia. A los dieciséis años se trasladó a Madrid, donde cursó el preparatorio de Derecho y el posterior de Filosofía y Letras. Gil Fagoaga se doctoró en Derecho y en Filosofía en 1916 y comenzó a preparar las oposiciones a la cátedra de Estética de la Facultad madrileña que finalmente no obtuvo. Tras ese episodio, entró de pasante en el bufete de Santiago Alba y comenzó a publicar sus primeros escritos.

Siendo auxiliar de la Facultad de Filosofía de Madrid, el 23 de enero de 1923, con veintiséis años, obtuvo la cátedra de Psicología Superior de dicha Facultad. Sucedió en la cátedra a Bonilla y San Martín, su gran maestro y referente.

Su nombramiento como secretario de la Facultad le facilitó la creación de un laboratorio de prácticas que supuso un gran desarrollo científico de la Psicología en España. Trabajó en la adaptación a España de la revisión de Stanford (Terman y Rossolimo) de la escala Binet y Simon para la determinación de edades mentales. Destacan también sus investigaciones sobre psicotecnia y orientación laboral, adaptando también las teorías de Szondi y Strong.

De su labor como secretario de la Facultad de Filosofía y Letras madrileña cabe destacar primordialmente la creación de los Cursos de Extranjeros a partir de 1928.

Tras el parón de la Guerra Civil, Juan Zaragüeta y Lucio Gil Fagoaga fueron los únicos catedráticos de los siete que había en la Sección de Filosofía de la Facultad (los cinco restantes eran Ortega, Zubiri, García Morente, Besteiro y Gaos), que retornaron a su cátedra, aunque en 1941 fue depurado por el régimen franquista. Sumido en el exilio interior, se dedicó en los años de posguerra al estudio y enseñanza de la Pediatría a maestros de instrucción primaria y fue nombrado profesor de Psicología en la Facultad de Medicina y en el edificio de San Carlos.

Jubilado en 1966, continuó como profesor de cursos de doctorado en Filosofía y Pedagogía por ruego del decano Camón Aznar. Dirigió numerosas tesis doctorales y al final de su carrera publicó su obra más representativa: Notas de psicología para educadores (1972).

Artículo publicado por Lucio Gil de Fagoaga en la Revista de Historia de la Psicología, 1980, número 3-4 pp. 261-266

Nací el día 6 de Septiembre de 1896, en Requena, provincia de Valencia, calle San Luis número 20 (hoy del Pintor Elías García número 1), casa edificada por mi tatarabuelo José Alarte, en la que sigo viviendo y en la que el fundador tenía una notable fábrica de sedas, allá por los años de la Revolución Francesa.

Mis padres, de clase distinguida, vivían de la producción agrícola de un buen lote de viñas, riqueza principal de esta comarca, y allí empecé mi educación en una escuela pública y la libre preparación para el Bachillerato con profesores locales. Me hizo Bachiller el Instituto de Segunda Enseñanza de Valencia.

Los recuerdos de infancia son felicísimos: ambiente familiar equilibrado, austeridad sin aspereza, libertad sin desarreglo, dulzura sin empalago; las fiestas del pueblo, las comparsas de Carnaval con violín o laúd que ya tocaba, las Navidades, los amigos entrañables, las fuentes, el verano y la pasión por los libros.

Recién cumplidos los 16 años, inicié mi vida de estudiante en Madrid. Me instalé en la calle del Humilladero número 14, residencia de «la Pepa», una antigua criada del sacerdote requenense D. José María Zanón, que allí vivió muchos años con su ama, también requenense, Dª Fulgencia. La cordialidad y buena fe de la patrona y la condición requenense de la mayoría de una media docena de huéspedes, convertían la pensión en algo parecido a la casa de la Troya.

En la Universidad de la calle San Bernardo, cursé preparatorio de Derecho y curso ulterior de Filosofía y Letras; tuve de profesor entre otros a Julián Besteiro, y al año siguiente fui alumno de Bonilla San Martin, que había de ser mi maestro fundamental. Aquellos años de estudio confirmaron mi vocación filosófica, que seguí entusiásticamente. Me doctoré en Derecho y en Filosofía y emprendí mi preparación para oposiciones a Cátedra. Años saturados de trabajo, en la Biblioteca del Ateneo sobre todo, donde todavía queda memoria. Estaba vacante la Cátedra de Estética de la Facultad, y a ella nos dirigíamos. Pero no todo era Filosofía. Había también juego de fuertes pasiones, y al final de los ejercicios me quedé con el voto del Presidente del Tribunal y de uno de los jueces, y perdí la oposición en medio de un formidable escándalo.

No me desanimé, pero hubo que esperar cuatro años. Entretanto, intentos de política liberal en Requena, entrada de pasante en el bufete de Santiago Alba, publicación de libros… Merece especial mención el Doctrinal del escéptico. Hipotiposis pirrónicas de Sexto Empírico. Traducción directa del griego, edicionada con tres apéndices. Madrid, Reus, 1926. En este libro trabajé diez años, en Madrid, en Requena y en pleno campo, y es un trabajo del que quedé satisfecho.

Por fin llegó, la coyuntura. Yo era Auxiliar de la Facultad de Filosofía de Madrid y el 23 de enero de 1923 obtuve, por oposición libre y sin complicaciones, la Cátedra de Psicología de dicha Facultad. Tenía cumplidos veintiséis años.

Me costó dos años reponerme del esfuerzo realizado, pero todo fue bien. lba a casarme. He tenido varias novias. Pero nunca ha llegado el momento del matrimonio. Al año siguiente, se inauguró mi laboratorio por el profesor alemán Teodoro Ziehen y comenzamos a laborar seriamente la Psicología.

Poco después me nombraron Secretario de la Facultad y ello facilitó poder disponer de algún local y adquirir el material indispensable. Nada menos que en el Salón de Grados hice un pequeño archivo y en la Sala de Profesores estaban los aparatos de prácticas, que pueden verse en fotografía publicada en La Esfera.

La necesidad que más sentía era la adaptación española de la revisión de Stanford (TERMAN, 1926) de la escala de BINET y SIMON, entonces muy en boga. Me lancé a este trabajo, que vio la luz en 1926, imprenta de Ratés, y ya pudimos determinar fácilmente edades mentales.

Me faltaba poder hacer otro tanto con los perfiles y obtener los oportunos percentiles españoles. Dediqué a ello varios años (12.000 experiencias) en estricta colaboración con los alumnos, hasta que lo conseguí en mi comunicación al IX Congreso Internacional de Psicotecnia (Berna, 1949). La programación había sido fundamentada en mi Discurso inaugural de la Universidad (1 de octubre de 1929, Madrid, Estrada).

La Secretaría llegó a interesarme. Trabajé mucho para remozar la vieja Facultad, hice que viniesen insignes profesores extranjeros, que dieron cursos de Literatura alemana, inglesa, francesa, italiana y portuguesa en nuestras aulas, y fundé en la Universidad los Cursos de Extranjeros, que todavía subsisten y que solamente existían antes en la Residencia de Estudiantes. El éxito fue esplendido.

Me eligieron interventor del Patronato Universitario, cargo que me obligó a bucear en los entresijos de la Contabilidad y la Economía, y tomé parte activa en las campañas electorales de Bonilla para Senador por Galicia y por la Universidad Central.

Yo ya tenía un decente laboratorio en la ampliación Valdecilla de la Facultad, calle de Noviciado…pero cayó la Monarquía, vino la República y después la Guerra Civil…y todo aquello se convirtió en un mero sueño. Se perdieron los aparatos, la biblioteca de Cátedra, la edición entera de Homenaje a Bonilla San Martin (dos gruesos volúmenes, buen material para barricadas) que yo preparé con Moldenhauer, desaparecieron muchos profesores y otros salieron de estampida a lugares más seguros que Madrid.

Los años de guerra los pasé en mi tierra natal, en esta casona que me vio nacer, y en funciones de granjero para poder apenas percanzar el pan de cada día…o los sucedáneos.

Acabose la guerra y volvimos a las Cátedras. Yo había ya estado en Portugal, Francia, Alemania (conferencias en Berlín y Hamburgo) e Inglaterra, pero perdí el afán de viajar. Acaso por la necesidad de restaurar los grandes destrozos de la guerra, se concentró mi interés por España, y menos mal que logré conservar la grande biblioteca de Bonilla (que había comprado a su viuda). Vinieron los milicianos por los libros a mis pisos de Ríos Rosas, pero uno de ellos, que yo conocía porque había servido en la Universidad, se desbordó en el momento crítico y les dijo más o menos:

“iCamaradas!, lo que queréis hacer es absurdo. Este hombre es un trabajador que puede ser maestro de nuestros hijos. Y no es justo privarle de sus instrumentos de trabajo». El fuego de la arenga, y sin duda el peso de tantos volúmenes, hicieron su efecto, y los asaltantes dieron media vuelta, sin haber siquiera desatado las cuerdas que traían, dejando en paz los libros y al dueño de ellos.

Mi padre había adquirido la hacienda que tenía en Requena la Condesa de Vigo y a procurar la prosperidad de esta hacienda, campos y casas, dediqué la mayor parte de mi tiempo libre.

En esta etapa de paz, además de mi Cátedra de Psicología, me acumularon las asignaturas de Antropología y Psicología del Niño y del Adolescente. Esta última disciplina, de la Sección de Pedagogía, hizo mis delicias sobre todas las demás. El humanismo de los alumnos y alumnas, maestros de Instrucción Primaria en su mayoría, su ingenuidad y adorable dedicación a los estudios y prácticas, su desinterés y su bondad me hacían dichoso, y en mi laboratorio de la Ciudad Universitaria, que rehicimos briosamente, trabajamos con todo éxito. Me nombraron también profesor de Psicología de la Facultad de Medicina y en el edificio de San Carlos de la calle de Atocha di mis cursos durante varios años.

Digo en mis Notas de Psicología para Educadores (Madrid, 1972, página 144). «El tema de la selección profesional ha constituido nuestra tarea preferente durante muchos años y queremos detenernos en él con moderación, tanto por la importancia capital que hay que asignarle, como por facilitar la inteligencia del último capítulo, dedicado a la metodología. En nuestro discurso inaugural universitario de 1929 expusimos el programa de trabajo. Se siguió regularmente con las adaptaciones de TERMAN y ROSSOLIMO y con la paciente elaboración de nuestro método de perfiles adultos. Las pruebas de este método nos parecieron después lentas e individuales y elaboramos otra serie de fácil aplicación colectiva, que fue percentilada mediante más de 12.000 experiencias y publicada en 1949. Después vinieron adaptaciones facticias de SZONDI y STRONG y la teoría de la corrección del perfil morfológico, mediante el perfil vocacional, que quedó terminada y comprobada hacia 1965, cumbre de nuestra labor.

Vino la jubilación en 1966; pero el eximio Decano Camón Aznar me rogó la continuación de mi labor docente, y allí he continuado hasta la fecha como titular de cursos monográficos de Doctorado en Filosofía y Pedagogía, que me han servido para meditar y fijar diversos puntos de mi Sistema de Filosofía, pendiente de publicación.

Junto a estos cursos, estaban los de Historia de la Filosofía española, en el Otoño para Extranjeros, que expliqué durante varios años. Y el asesoramiento en la confección de tesinas y tesis doctorales. La juventud de los alumnos me remoza y tengo con ellos una deuda de agradecimiento que atañe no solo a su sugestión de ideas, sino a su impacto de juventud en mi vida entera.

Y aquí acaba mi autobiografía en sus rasgos más salientes para no fatigar al lector. El horóscopo de mi nacimiento se resume en una palabra: equilibrio. Calma con una voluntad firme, espíritu crítico sobre toda novedad, revestimiento estético de la realidad pura, serena economía en el curso de la vida, afán de progreso dentro de lo posible, independencia radical atacando lo establecido, amor a la Humanidad reconociendo sus defectos, alegría permanente superando la desdicha y el dolor.

Requena, 10 de Agosto de 1980.

Lucio Gil Fagoaga en la cultura de su tiempo, de Helio Carpintero y Fania Herrero. Publicado en la Revista de Historia de la Psicología, nº 4, 1998, pp. 471-483

RESUMEN

Lucio Gil Fagoaga (1896-1989), catedrático de Psicología Superior en la Universidad de Madrid entre 1923 y 1966, representa una figura singular aunque fundamental en la historia del pensamiento y de la psicología españolas. Voluntariamente apartado de las posiciones filosóficas orteguianas entonces imperantes, así como de la perspectiva escolástica de la psicología que se instauraría en la Universidad de la pos-guerra civil, su original personalidad, individualista y creativa, se acercaría de un modo particular a la psicología aplicada, y contribuiría con su magisterio a conformar las mentes de quienes iban a ser los fundadores de la psicología española actual.

INTRODUCCIÓN

La figura de Lucio Gil Fagoaga tiene un especial interés para los estudiosos de la historia de la Psicología en España. Por un lado, fue un profesor con una personalidad dinámica singularísima dentro del ámbito universitario madrileño de los años cincuenta; en una facultad entonces dominada por el pensamiento escolástico, que se entronizó en la universidad tras la guerra civil, la voz de Fagoaga introducía un sonido nuevo, tal vez disonante e inarmónico, que ampliaba los registros a que había que atender. La heterogeneidad de Gil Fagoaga respecto de su entorno tenía así un cierto papel regenerativo y liberador. Era, en cierto sentido, un ejemplo de «lo otro», de «las otras formas de pensamiento» que habían sido dispersadas por la consolidación de la línea de pensar dominante.

Al mismo tiempo, su particular estilo docente pudo contribuir a inclinar las mentes y los intereses de muchos de quienes tuvimos la suerte de estudiar con él en la dirección de los estudios psicológicos y antropológicos.

Por todo ello vale, pues, la pena pensar sobre lo que ha significado el doctor Fagoaga en el horizonte de nuestra cultura, ahora que en su ciudad natal, Requena, se ha constituido una fundación que lleva su nombre y conserva un importante legado de documentación en psicología.

CONTEXTO HISTÓRICO Y CULTURAL

Lucio Gil Fagoaga nació en Requena en 1896 y murió en la misma ciudad en 1989. Pertenece, por tanto, a una generación que podríamos llamar de 1900, que en literatura suele ser llamada «del 27». Recordemos otros nombres que pertenecerán a ella: los grandes poetas de la mencionada generación del 27 – Gerardo Diego, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Dámaso Alonso-, el filósofo Xavier Zubiri, historiadores del arte como Enrique Lafuente Ferrari y José Camón Aznar, y lo más importante, hay por primera vez un núcleo nutrido de personas cuya vida va a girar en torno a la psicología: Emilio Mira y López, el primer gran psicólogo español de altura internacional; José Germain, restaurador de la psicología en España tras la guerra civil, y su iíntimo colaborador José Mallart; el primer psicoanalista, Ángel Garma; los psiquiatras Juan José López Ibor y Ramón Sarró, y el doctor Juan Rof Carballo, y las psicólogas y pedagogas María Soriano y Mercedes Rodrigo.

La generación es una unidad histórica, que resulta del hecho de que ciertos acontecimientos, modas o movimientos sociales y culturales afectan a los hombres a una cierta altura de la vida – la niñez, la juventud…-y marcan unas semejanzas de estilo vital que, independientemente de las ideas concretas que llegue cada uno a tener, establecen una determinada comunidad de época (Merles, 1949).

Así, la generación de Fagoaga será una generación de primeros discípulos, de hombres instalados por fin en el horizonte intelectual de Europa. Pero hay que verla, para comprenderla adecuadamente, dentro de su horizonte, enmarcada por la obra y el perfil de las generaciones precedentes. Digamos unas palabras, por tanto, acerca de esas generaciones: la regeneracionista del 98, y la de 1886, es decir, para simplificar, de la generación de Unamuno y de la de Ortega y Gasset.Nuestro país, en la primera mitad del siglo XIX, perdió el contacto creador con los grupos europeos que iban en vanguardia. La tremenda destrucción de la invasión francesa y la guerra de independencia, con la subsiguiente política reaccionaria de Fernando VII, la emigración de minorías europeístas, el cierre durante algunos años de las universidades, y la aparición de las guerras civiles carlistas tras su muerte, produjo un tremendo desnivel respecto de Europa. AI mismo tiempo que se va sucediendo la liquidación del imperio americano de España, se producen con enorme retraso la industrialización, la modernización del país, y la incorporación de la ciencia y las técnicas modernas (Carr, 1966).Eso explica que a los jóvenes de la Restauración pudiera parecer una meta imprescindible producir la regeneración del país, y su paralela europeización. Joaquín Costa, Francisco Giner, los iniciadores de la Institución Libre de Enseñanza, entre los que cabe recordar al psiquiatra valenciano Luis Simarro, habían emprendido la tarea de acercar este país al mundo de la modernidad a través, principalmente, de la educación. Recuérdese el lema que se encuentra en algunas de las páginas de Ramón y Cajal: «a patria chica, alma grande» (Ramón y Cajal, 1981, 234), que supone el reconocimiento de España como una patria que no ha dado los frutos debidos en el mundo de la ciencia y del saber.

Los hombres del 98 añaden a todo ello un elemento esencial, que es la sensibilidad hacia los valores propios, la capacidad de reconocimiento del sentido profundo que late en la realidad histórica española. Como escribió Azorín, esta generación «ama los viejos pueblos y el paisaje; intenta resucitar los poetas primitivos… da aire al fervor por el Greco, ya iniciado en Cataluña…; rehabilita a Góngora…; siente entusiasmo por Larra…; se esfuerza, en fin, en acercarse a la realidad y en desarticular el idioma…;…no ha hecho sino continuar el movimiento ideológico de la generación anterior…y la curiosidad mental por lo extranjero y el espectáculo del desastre… han avivado su sensibilidad y han puesto en ella una variante que antes no había en España…» (Azorín, 1981, 27-28). Recordemos, tan solo, que a esa generación pertenecen no solo los grandes poetas y escritores de todos conocidos -Unamuno, Ganivet, Baroja, Machado, Valle IncIán-, sino también otros grandes escritores como Blasco Ibáñez, Arniches, los hermanos Álvarez Quintero, los grandes historiadores Menéndez Pidal, Asin Palacios y Gómez Moreno, pintores como Zuloaga y Rusiñol, o músicos como Granados y Falla, todos los cuales, cada uno a su manera, buscan dar una visión creadora desde la sensibilidad española.

La generación siguiente, a la que pertenecen nombres como los de Ortega, Azaña, Marañón, el doctor Lafora, Juan Ramón Jiménez, Gabriel Miró, Picasso o Eugenio d’Ors, está ya plenamente instalada en el mundo europeo de su tiempo. Son, como diría Ortega, «muy siglo XX», y si primero se han reunido estrechamente muchos de ellos en torno a una revista que llamarán España, más tarde lo harán alrededor de la Revista de Occidente, cuyo nombre indica a las claras una voluntad de europeísmo, o si se prefiere, de occidentalismo. La influencia del pensamiento europeo, particularmente del alemán, transforma profundamente el mundo técnico y filosófico español. La fórmula escueta a que llegó Ortega sintetiza bastante bien la actitud de todos estos hombres: Primero, vieron que «España es el problema, y Europa la solución» (Ortega,1957, 521); luego, añadieron a ello la segunda ecuación: «Europa = ciencia». Es decir, ante los problemas de un país que tenía una deficiente vertebración social, una tecnificación e industrialización insuficientes, y una educación básica Iimitada a ciertos grupos y capas sociales, requirieron la aplicación de un principio general – el de la creación de instituciones y de órganos de comunicación; habían de reclamar la organización de la competencia, es decir, que un espíritu de competencia en las diversas esferas y asuntos dominase por doquier.

El esfuerzo de estas dos generaciones trajo el mundo cultural de nuestro país a un nivel de esplendor sobresaliente, al tiempo que la progresaba la modernización del país, pero sin lograr resolver la inarmonía social que afectó tan hondamente a nuestra sociedad en las primeras décadas de este siglo. Al tiempo que se agitaba el ejército, envuelto en una guerra de África impopular, y se rompía una y otra vez la paz social particularmente en las zonas industriales del país, sobre todo en Cataluña, había por primera vez en mucho tiempo un importante grupo de maestros en artes, humanidades y ciencias, a los que los jóvenes podían escuchar. Había un espíritu que d’Ors había llamado Noucentisme, novecentismo, que aspiraba a combinar humanismo y sociedad.

En ese marco, y por lo que se refiere a la psicología, había triunfado el interés filantrópico que impulsaría a aplicar el nuevo estudio del hombre a su mejor adaptación a la vida personal y social. Desde 1922, ya se iban a poder leer en español las modernísimas ideas de Sigmund Freud; desde unos años antes, ya se hablaba de medir con tests las habilidades de los jóvenes estudiantes y aprendices; incluso cabía rehabilitar a los obreros accidentados, buscando reeducarlos para nuevos puestos profesionales compatibles con sus defectos y lesiones. En general, la ciencia española brillaba ya en el mundo, singularmente gracias a la obra inmensa de Ramón y Cajal, y se podía adquirir formación en centros extranjeros gracias a la labor de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, creada en 1907, institución que promovía la renovación intelectual del país con enorme eficacia.

No es de extrañar, pues, que en ese horizonte un considerable número de jóvenes se orientaran a las humanidades, a las ciencias sociales, y, entre estas, a la psicología. Y en ese entorno lleno de promesas y riesgos, hay que introducir la personalidad singular de Lucio Gil Fagoaga.

LA SIGNIFICACIÓN DE GIL FAGOAGA

Gil Fagoaga ha sido, sobre todo, eso: una personalidad singular. Todas lo son, ciertamente; pero él pertenece a no dudar al grupo de quienes expresan, y voluntariamente, acentúan sus rasgos diferenciadores, distanciándose de todo posible aparente conformismo. Junto a una voluntad de clasicismo -calma, firmeza, criticismo, alegría que supera el dolor-, de que siempre hizo gala en sus clases, notemos aquí esos rasgos que coinciden en subrayar su «independencia» ante lo establecido y su «criticismo». Porque ambos permiten, en cierto sentido, explicar su figura y su obra.

Para empezar, pongamos delante de los ojos los elementos que hay que comprender. Primero, nos encontramos con su figura de catedrático de psicología dentro de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Madrid, cátedra que ocupó desde 1923 a 1966 -con el intervalo dramático de la guerra civil-, por espacio de 43 años. Por otro lado, contamos con su obra, breve, iniciada en clave filosófica, luego reorientada hacia la psicología. ¿Y qué rasgos muestran?En la Facultad de Filosofía madrileña, antes de la guerra, dominaba sin duda el pensamiento filosófico de Ortega. Los nombres de Ortega y Gasset, de Xavier Zubiri, de Manuel García Morente y José Gaos, a los que luego habría que unir los de María Zambrano, y también Pedro Caravia, que se iban iniciando como ayudantes en la enseñanza en los años de la República, tenía una orientación general que hacía de la filosofía una exploración sistemática de la vida humana, concebida como existencia, como una estructura dinámica que integra al yo de cada cual con su mundo o circunstancia.

Ha recordado fundadamente Racionero que había otras cosas en aquella facultad, otras líneas de pensamiento (Racionero, 1995). Allí estaba la figura señera de Julián Besteiro, quien desde un positivismo psicológico había ido avanzando hacia el marxismo teórico y el socialismo aplicado. Y allí estaba, ciertamente, Gil Fagoaga, sin duda alejado de todos los demás, y vinculado al ya figura de quien había sido su mentor y guía, Adolfo Bonilla.

Fagoaga aparece centrado en la psicología, tras una juvenil etapa de interés por la estética, disciplina que nunca dejaría de sentir como propia. Su acceso a la psicología, tras un fracaso anterior en su deseo de obtener la Cátedra de Estética, le hubo de enfrentar con una serie de personalidades muy notables del momento. Aspiraban a aquella don Juan Zaragüeta, discípulo de Mercier en Lovaina, sacerdote profesor del Seminario y autor de obras serias sobre la voluntad y los procesos psicológicos; Joaquín Carreras Artau, catedrático de instituto en Barcelona, más tarde profesor en la Universidad de Barcelona; Joaquín Xirau, formado en la Institución Libre de Enseñanza, más tarde profesor de pedagogía en Barcelona; el profesor gallego Juan Vicente Viqueira, quien murió poco tiempo más tarde, víctima de la enfermedad que le asedió desde su primera juventud. Viqueira, estrechamente relacionado con Giner y Cossío, hombre pues de la Institución, había trabajado seriamente la psicología con G.E. Muller en Gottinga, y tenía una sólida formación filosófica, tras estudiar con Bergson y Husserl. No es difícil pensar que el resultado negativo de la anterior oposición hubo de pesar considerablemente en la resolución positiva de esta prueba en favor de Gil Fagoaga. Desde el principio, el sistema de oposiciones ha estado en nuestro país alterado por filias y fobias de grupo y escuela. El tribunal, donde figuraban su maestro Bonilla San Martin, Julián Besteiro, Francisco Alcayde Villar, Pedro Font i Puig y Alberto Gómez lzquierdo, se decantó claramente a su favor (Navarro, 1994).

Alcanzada la cátedra de «Psicologia Superior» en la Facultad de Filosofía, Gil Fagoaga se hallaba situado en el horizonte de la filosofía y la psicología que se estaba haciendo en el país. Precisemos un poco más esa su ubicación.

a) Su figura en el campo de la Filosofía

En el segundo cuarto de este siglo, y particularmente en la Facultad de Madrid, el pensamiento filosófico está dominado por la influencia de Ortega. En este sentido resultan significativas unas palabras de García Morente, decano de la Facultad de Filosofía en los años de la República y figura señera del momento, que son parte de una conferencia suya sobre la filosofía en España pronunciada en Argentina en 1934:«Podemos decir que existe en España una auténtica filosofía, con un sistema, con unos problemas perfectamente definidos, alimentándose con todo el fluir y toda la corriente de la filosofía universal, basada en esta, pero sobre ella planteando nuevas exigencias con nuevos métodos, para seguir adelante. Esta escuela filosófica en torno a don José Ortega y Gasset…, el comprobar que por primera vez nos hallamos en presencia de un verdadero sistema que ofrece base y plataforma para ulteriores desenvolvimientos, es por lo que yo creo que ha llegado el momento de tener esperanzas de que exista pronto en España, no solo la gran figura de don José Ortega y Gasset, sino otras figuras que vayan desenvolviéndose en una aportación considerable de España en la filosofía universal… Por ahora, esta filosofía de la vida está perfectamente encuadrada dentro de lo que son las propensiones y los alientos del alma española. En este sentido tengo un gran optimismo acerca de España, (García Morente, 1996,15).

Y entre los nombres de jóvenes que menciona, se hallan los de Xavier Zubiri, José Gaos, Joaquín Carreras Artau, y Joaquín Xirau.

Junto a la influencia de Ortega, y a su través, se hacia allí notar la presencia de la fenomenología, de Husserl y Scheler; también la de la filosofía de la existencia de Heidegger, y en conjunto, los análisis metafísicos se centraban en el análisis de esa estructura dinámica que integra y contrapone «yo» y «circunstancia», que Ortega había llamado desde sus primeros escritos «mi vida», o «la vida humana».

Dentro de ese horizonte, Fagoaga iba a situarse en línea con su maestro Bonilla, como ya se ha dicho, y con su más lejano mentor, el alemán Paul Deussen (1845-1919), profesor muchos años en la Universidad de Kiel. También aquí se parte del sistema de apariencias y fenómenos que constituyen la experiencia. Tales apariencias están fundadas en un trasfondo de realidad que nunca alcanzamos a representarnos adecuadamente; y se presentan y enfrentan al dinamismo de la personalidad. Para referirse a ese dinamismo último del sujeto, Fagoaga hacía en sus clases referencia a la frase castiza: iDale con alma!; ahí concentraba esa vivencia del alma, de la realidad del sujeto, como una fuerza, como un poder activo, que se muestra en sus efectos, en el choque con lo que le resiste, con la realidad objetiva.

Otros han examinado con mayor rigor las intuiciones filosóficas que pueden latir en su obra, singularmente en su obra inédita. Lo que quiero significar aquí es que, primero, al colocarse junto a su maestro Bonilla, se distanciaba radicalmente del núcleo orteguiano, y se colocaba en una posición de «independencia radical» frente a lo establecido. Nótese además que, como algún autor ha apuntado, existía un claro distanciamiento de Bonilla respecto de la I.L.E., por causa del establecimiento del Instituto Escuela, así como de Ortega, por razones, al parecer, de tensiones en una anterior oposición a psicología, la de la Universidad de Barcelona, donde fue derrotada la candidatura de don Eugenio d’Ors (Navarro, 1994).Pero además, Gil Fagoaga se iba a situar en una actitud de alejamiento y reconcentración sobre sí, ajeno a cualquier polémica, ajeno incluso a cualquier pública manifestación de sus puntos de vista. Y lo singular del caso es que, con la guerra civil, no iban a modificarse los datos del problema, ni tampoco la respuesta que él iba a dar. Frente al escolasticismo, básicamente tomista, de estudio del ente y las esencias, también iba a tomar igual o mayor distancia, permaneciendo callado en cuanto a publicaciones se refiere, y conservando su personal modo de ver intacto y ajeno a las presiones del momento. Y, lo que es más grave: cuando, tras la guerra civil, se produjo la tremenda transformación de la Facultad de Filosofía, al desaparecer de ella Ortega, y Besteiro, y Gaos, por razones políticas, y producirse el alejamiento de Zubiri por imposiciones del Obispo de Madrid relacionadas con su secularización, y producirse además el temprano fallecimiento de Morente, Fagoaga quedó aislado de la ola escolástica que iba a producirse, anclado en su visión schopenhaueriana, y ocupado en sus pequeñas tareas de aplicación de tests, de uso interno para aquella cátedra.Como un fiel discípulo de Pirrón, o de Epicuro, o de los antiguos socráticos de la Grecia romanizada, había hecho de la filosofía un modo de vida, fundado en cierto modo de ver el mundo, que bastaba a su vivir personal dándole sustancia y autonomía. Era un silencio en gran medida sostenido por su profesional orientación a una disciplina distinta del puro quehacer metafísico, como es el caso de la psicología, donde, no obstante, también iba a situarse de modo muy peculiar, como se verá a continuación.

b) Su posición en el mundo psicológico

Como ya sabemos, Fagoaga obtuvo la Cátedra de Psicología llamada «Superior» en la Universidad de Madrid, en 1923. En aquel momento, la psicología científica iba adquiriendo peso en nuestro país. Mientras la cátedra de psicología que él iba a desempeñar formaba parte de las estructuras en que se organizaba la enseñanza superior de la filosofía y era por tanto una cátedra filosófica, existía otra, de psicología experimental, en la facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid, que había ocupado durante casi veinte años, hasta su muerte en 1921, Luis Simarro, psiquiatra próximo a la Institución Libre de Enseñanza.

Esta psicología que se expande por el país viene sostenida por sus aplicaciones técnicas. La psicología teórica, creada en Alemania por Wundt, había muy pronto puesto de manifiesto enormes potencialidades para su aplicación a la solución de problemas prácticos de interés social. El alemán William Stern había publicado una Psicología Aplicada en 1903. En la misma se incluía, primero, una psicognosia destinada a realizar un diagnóstico o conocimiento del estado psíquico de los individuos; después, una psicotecnia, cuyo objetivo era hacer posible la intervención y cambio del estado psíquico encontrado en los sujetos. Se trataba, pues, de un conocimiento que hacía posible una técnica, unas aplicaciones, y unas posibilidades de cambio y modificación de situaciones colectivas e individuales con valor y utilidad para la sociedad.Habían ido surgiendo, desde principios de siglo, trabajos aplicados de utilidad creciente, algunos muy concretos, sobre las dactilógrafas y secretarias (Herbetz,1908), la selección de aviadores (Camus y Nepper, 1915), chóferes (Moede y Piorkowski, 1916), aptitudes para diversas profesiones (Münsterberg, 1912), estudio de movimientos en el trabajo manual (Gilbreth, 1911), y muchas otras aportaciones que habían encontrado un lugar singularmente apropiado para su desarrollo cuando se produjo la I Guerra Mundial, que obligó a movilizar y a entrenar de modo más o menos técnico innumerables individuos en tiempos breves. Así, por ejemplo, hablan nacido los Army Tests del ejército americano, pruebas psicotécnicas que se aplicaron a casi dos millones de personas en un tiempo record (Napoli, 1981).

Había además aparecido una técnica de medida de la aptitud individual para la educación, y la capacidad para tareas intelectuales, que iba a ser concebida como inteligencia, y que desde 1905 podía ser medida y cuantificada con objetividad, gracias a los hallazgos del psicólogo Alfred Binet, creador del primer gran test de medida de la inteligencia.Todo ello había ido llegando a España. Una vía había sido la del estudio de los niños anormales. El doctor Lafora, gran figura de la psiquiatría y amigo y coetáneo de Ortega, había publicado un importante libro en 1917 donde se daba una visión general del tema. También se había creado un Patronato Nacional de Anormales, en 1914, interesado en hacer frente al gran reto de la educación de deficientes. Además, en una sociedad industrial incipiente, los problemas de selección de trabajadores y la rehabilitación de aquellos accidentados que quedaban incapacitados para su oficio, pero eran aún útiles para reajustarse a la vida productiva, requerían también estudios diagnósticos y formación de planes de entrenamiento y reeducación.

Ese lugar es el propio del psicólogo, especialmente el del aplicado. Este se ocupa de estudiar la relación hombre-medio, para adaptarle y proporcionarle una mayor calidad de vida. En Barcelona primero, por obra de Emilio Mira, y en Madrid, por obra de José Germain -dos coetáneos de Fagoaga, miembros de su misma generación-, se van desarrollando centros, instrumentos, pruebas psicotécnicas, y toda una red de intervención, que se plasma en la red de oficinas-laboratorios creados en 1928, dirigidos unos por el centro catalán que dirigía Mira, y los otros por el centro madrileño regido por Germain.

Fagoaga tuvo sentido para lo que estaba haciéndose a su alrededor. Percibía con claridad la exigencia de una acción psicotécnica, como resultado del saber del psicólogo. Y aunque él no formaba tales, y enseñaba a jóvenes licenciados en filosofía, sus contados trabajos, y desde luego los más serios, están orientados en esta dirección.

En 1926 tradujo y publicó sin nota ni adición alguna, el test para medida de la inteligencia que Terman elaborara mediante su revisión de la prueba seminal de Binet-Simon (Gil Fagoaga, 1926); hay que notar que en la versión de Fagoaga el material para su aplicación no está completo, ya que este remite a la carpeta editada por Harrap and Co., en Londres, para disponer de ciertas láminas indispensables para el examen (G. Fagoaga, 1926, 193). El test de Binet ya había sido dado a conocer en nuestro país años atrás por diversos autores -Lafora, Anselmo González, Domingo Barnés, etc. (Arbulu, 1994)-; también se conocían trabajos sobre el tema de Claparède, cuyo libro principal había sido traducido por Barnés, profesor de paidología en la Escuela Superior del Magisterio. Poco después, en 1930, Germain y Rodrigo publicarían de modo aún más completo, con tablas para calcular los cocientes de inteligencia, la prueba de Terman, (Germain y Rodrigo, 1930). Se trata de lo que suele conocerse como una edición experimental, que haría posible su uso en las clases con sus alumnos (Gil Fagoaga, 1929, 86).

De todos modos, su obra más ambiciosa en este campo es su trabajo sobre «La Selección profesional de los estudiantes», discurso que preparó para la apertura universitaria del curso 1929-1930 (Gil Fagoaga, 1929). Este trabajo se estructuraba, al decir de su autor, en tres partes: una «acerca de la psicología de las profesiones, revisándose en ella las clasificaciones de Huarte, de Piorkowski y de Lipmann, estableciéndose después una nueva clasificación fundada en principios estrictamente psicológicos…»; otra, una exposición de los procedimientos psicotécnicos de examen, midiendo ‘niveles’ mentales según Terman, y estableciendo ‘perfiles’ según el procedimiento de Rossolimo, junto a un ingenioso método de porcentaje profesional, que daría una localización relativa del sujeto para una población y una profesión; finalmente, introduce ideas de la organización científica del trabajo, como esquema marco para evaluar los resultados de la selección.En este contexto de su producción psicológica se da un hecho singular: Fagoaga no volvió a publicar ningún trabajo empírico en esta dirección, ni tomó parte en los congresos psicotécnicos celebrados en España bajo los auspicios de Mira y Germain, en Barcelona (1921 y 1930); no publicó nada en la revista que entonces se ocupaba de psicología, los Archivos de Neurobiología, fundada en 1920 por Lafora, Sacristán y Ortega, ni en la posterior Revista de Psicología i Psiquiatría, fundada por Mira y Xirau en Barcelona en 1934. Fagoaga, dominado por su espíritu individualista, se mantuvo alejado del movimiento psicotécnico, encapsulado en su cátedra, tal vez en parte como resultado de las distancias institucionales que podían llegar a crearse entre un profesor universitario de aquella época y los incipientes profesionales que comenzaban a abrir camino a la psicología aplicada en el mundo de la escuela, la clínica o la industria.

Fagoaga también quedó al margen del proceso de restablecimiento de la psicología científica en nuestro país. La obra de Germain, y de los discípulos de este, entre los que se cuentan los maestros de la psicología de hoy Mariano Yela, José Luis Pinillos, Miguel Siguán, Francisco Secadas, se hizo de espaldas a la cátedra de psicología, y fue su antiguo rival de oposición, don Juan Zaragüeta, quien terminaría por dirigir la Escuela de Psicología que se estableció en 1953, origen de los primeros psicólogos diplomados españoles.

Parece que ninguno de estos vaivenes académicos le afectó lo más mínimo. Instalado firmemente en sus opiniones, en su independencia, en el quehacer de una actividad de cátedra que no se resentía poco ni mucho de su falta de publicidad, el profesor que muchos hemos conocido derrochaba energía en sus clases, sometía a los alumnos a una serie de pruebas, producía diagnósticos, hacía exámenes orales, dura prueba para muchos, sometidos a la pertinaz inquisición del viejo profesor sobre unas materias para las que tan solo había como base los mejores o peores apuntes tomados en clase… Su personalidad singular, para quienes estudiamos con él, allá por los añor 50, parecía envuelta en fragancias de Ateneo, modernismo, art Deco, facultad de pre-guerra. Representaba una modernidad frente al tomismo medieval entonces reinante. Significaba, también, un modelo de universidad individualista, personalista, cuya hora empezaba ya a pasar.En 1980 escribió unas breves páginas autobiográficas que luego aparecierón en la Revista de Historia de la Psicología. Son páginas centradas en su vida personal, donde apenas se alcanza a percibir su particular modo de valorar y sentir los problemas intelectuales y las vicisitudes históricas por que ha pasado. De todos modos incluye, al final, unas notas o rasgos de su autodiagnóstico, que resultan enormemente significativos para reconstruir creativamente un periodo de la psicología española a través de su figura: «Calma con una voluntad firme, espíritu crítico sobre toda novedad, revestimiento estético de la realidad pura, serena economía en el curso de la vida, afán de progreso dentro de lo posible, independencia radical atacando lo establecido, amor a la humanidad reconociendo sus defectos, alegría permanente superando la desdicha y el dolor» (Gil Fagoaga, 1980, 3-4, 265).

No hay duda: La personalidad de este hombre, individualista hasta la médula, colocó su cátedra de psicología en un cielo empíreo que la alejaba de las contingencias políticas y sociales de su época, al tiempo que la desconectó del pausado avanzar de la ciencia de su tiempo. La recuperación de la investigación en nuestro país no pasó por aquel lugar. Lo que en algún modo puede verse como atractivo personalismo, puede haber sido también rémora y carga para el desarrollo de la ciencia en nuestro país. Habrá que ver lo que una reciente edición de apuntes inéditos (Oreja et al., 1995) puede aportar a nuestra cultura.

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Autobiografía

Lucio Gil Fagoaga en la cultura de su tiempo


Fomentamos la difusión de la obra de Lucio Gil de Fagoaga ofreciendo en acceso libre y descargable sus publicaciones.

Además a lo largo de su carrera Lucio Gil de Fagoaga, colaboró en otras publicaciones como traductor, prologuista…, dirigió tesis doctorales, trabajos finales de licenciatura y grado, tesis de licenciatura y tesinas y presidió numerosos tribunales de tesis doctorales.

También conservamos algunos apuntes de las clases de Lucio Gil de Fagoaga tomados por sus alumnos, así como trabajos de clase, incluso los apuntes del propio Lucio Gil durante sus estudios.

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